Entre Lenin y Pinochet: los dos peligros que amenazan la democracia chilena
Por Héctor Morales S.
Hace unos días, el presidente del Partido Comunista, Lautaro Carmona, reivindicó el "carácter leninista" de su colectividad en el natalicio de Vladimir Lenin. No era una declaración anecdótica. Decir "somos leninistas" no es lo mismo que decir "somos marxistas" o "seguimos el pensamiento de Marx". El leninismo, como cualquier manual de historia política lo documenta, significa: dictadura del partido —no del proletariado—, terror revolucionario como método, negación de la democracia liberal y subordinación total de la economía y la sociedad a una vanguardia armada.
Pero más que definiciones, vale la pena escuchar al propio Lenin. Escribió sin ambiguedades: "La dictadura del proletariado es el poder conquistado y mantenido por la violencia del proletariado sobre la burguesía, sin ninguna limitación por ley alguna." Y también: "Nosotros no reconocemos ninguna libertad para los enemigos del pueblo." Esas no son frases sacadas de contexto: son el núcleo de su pensamiento. No hay democracia, no hay separación de poderes, no hay respeto a la disidencia. Hay partido, violencia y terror.
Muchos luchamos contra la dictadura de Pinochet. Conocemos el sabor del miedo, el ruido en los cuarteles militares en la noche, la lista de detenidos que nunca volvieron. Por eso mismo, al hablar de cuidar la democracia, no lo hago desde una tribuna académica ni desde la comodidad del presente. Lo hago desde la memoria viva de lo que costó recuperar la libertad.
El leninismo no es una teoría inofensiva
Chile vive en democracia desde hace 36 años. Tenemos separación de poderes, elecciones libres, respeto a las minorías. En ese marco, todas las ideas políticas son legítimas mientras actúen dentro de la ley. Pero una cosa es la legitimidad formal y otra muy distinta la compatibilidad sustancial con el sistema democrático.
El problema no es que el PC exista o que Carmona tuitee. El problema es que el programa leninista no es una teoría abstracta: hay quienes lo vemos que fue aplicado paso a paso en el estallido social de 2019. Quienes tengan memoria recordarán que Gladys Marín, candidata presidencial del PC en 1999, propuso explícitamente cambiar la Constitución mediante un "estallido social" (Hay que leer su programa de gobierno). Veinte años después, el estallido llegó. Y no fueron solo marchas pacíficas: hubo estaciones de metro quemadas, hospitales incendiados, saqueos, ataques a bomberos, iglesias destruidas y una violencia sistemática que la gente nunca olvidará, y quedaron en la memoria por sobre las legítimas reivindicaciones sociales de la ciudadanía.
Esa es la consecuencia práctica del leninismo llevado a la política real: caos, destrucción y un intento refundacional que la mayoría rechazó dos veces en urnas.
El otro peligro: la glorificación de Pinochet
Pero hay otro peligro, igual de grave y menos discutido: la creciente glorificación de Augusto Pinochet entre sectores jóvenes. Para quienes nacieron después de 1990, la dictadura es un rumor, un capítulo de libro o un meme. No vivieron los toques de queda, los exilios forzados, las torturas documentadas por la Comisión Valech ni el terror como sistema de gobierno.
Algunos ven en Pinochet un símbolo de "orden" frente al caos del estallido. Permítanme ser claro: Pinochet no fue un ordenador. Fue un dictador que suspendió la Constitución, cerró el Congreso, prohibió los partidos, censuró la prensa y violó sistemáticamente los derechos humanos. Su régimen dejó más de 3.000 ejecutados y 38.000 torturados, 238.000 exiliados. Glorificarlo es tan incompatible con la democracia como justificar a Lenin, aunque traten de justicarlo con los falsos desaparecidos y los falsos exhonerados.
No cambiaremos un dictador por otro. Ni el de la espada ni el de la hoz y el martillo.
La mayoría democrática habló en 2025
Las elecciones de 2025 fueron un termómetro: la derecha política ganó la presidencia con un 58% en segunda vuelta, no porque fuera la mejor opción. Ese número no es solo un triunfo de una opción ideológica, sino que es un voto de protección: contra la violencia callejera, contra los intentos refundacionales, contra la inestabilidad. Pero también es un llamado de atención: la ciudadanía quiere seguridad, pero no al precio de un nuevo autoritarismo. Quiere orden, pero con libertades.
Lo que está en juego
El desafío para Chile en los próximos años es triple:
1. Desmontar el relato leninista donde aparezca: mostrar que la dictadura del partido no es una "democracia popular", sino la negación de la democracia.
2. Enfrentar la glorificación de Pinochet sin complejos: recordar los hechos, sin matices, para que los jóvenes sepan que el "orden" militar se pagó con tortura y muerte.
3. Fortalecer la educación cívica: enseñar que la democracia no es perfecta, pero es el único sistema que permite cambiar gobierno sin sangre, respetar al disidente y proteger a las minorías.
No se trata de elegir entre dos tiranías. Se trata de defender la única casa que tenemos: una democracia frágil, aún joven, pero la mejor que hemos construido. Quienes añoran a Lenin o a Pinochet no entienden que ambos llevaron al horror. Los chilenos, afortunadamente, ya aprendieron esa lección. Pero la democracia no se recupera una sola vez. Se recupera todos los días, en cada advertencia oportuna, en cada voz que se atreve a decir la verdad aunque incomode.
Pagamos un precio por la libertad. Debemos estar dispuestos a luchar para que nuestro país jamás pierda lo que tanto costó recuperar. Ni por el totalitarismo rojo ni por el totalitarismo de la espada. Solo por la democracia, la verdadera, la de todos, la que nunca más volveremos a entregar.



