La dictadura de la autopercepción: Cuando la ideología secuestra la ciencia y los derechos de la infancia

La dictadura de la autopercepción: Cuando la ideología secuestra la ciencia y los derechos de la infancia

Por Héctor Morales S.

Los números que gritan: Chile y el espejo de la realidad

El último censo en Chile arrojó una verdad estadística incómoda para la narrativa dominante: el 99,5% de la población se identifica con su sexo biológico, definiéndose como hombre o mujer. Solo un 0,5% manifestó experimentar disforia de género.

Esta minoría, legítima en su existencia y digna de respeto y acompañamiento, ha capturado sin embargo la totalidad del debate público, las políticas educativas y, lo más preocupante, la agenda legislativa. Lo que debería ser un asunto de salud mental y acompañamiento psicológico se ha transformado en una cruzada ideológica que pretende redefinir la realidad para todos, imponiendo una visión del mundo que contradice la biología más elemental.

La democracia, como bien se ha definido clásicamente, es el gobierno de las mayorías con respeto a las minorías. Pero cuando una minoría pretende imponer su cosmovisión por sobre la mayoría, cuando utiliza el aparato del Estado para silenciar a quienes disienten, cuando fabrica leyes que castigan con cárcel el pensamiento divergente, estamos ante una dictadura. En este caso, una dictadura de género que opera bajo el manto engañoso del "progresismo".

El horror silenciado: Niños en la mesa de experimentación

Lo más grave de este fenómeno no es el debate teórico entre adultos. Lo grave es lo que está sucediendo con los niños.

En diversos países, impulsados por activistas y legitimados por leyes aprobadas sin el suficiente debate científico, se está adelantando procesos de transición hormonal y quirúrgica en menores de edad. Niños que aún no tienen desarrollado el criterio para decidir qué comerán mañana, son empujados a decisiones que amputarán para siempre su fertilidad, su desarrollo natural y su salud futura.

El paralelismo histórico es inevitable y escalofriante: Josef Mengele, el ángel de la muerte en Auschwitz, experimentaba con niños porque eran "material maleable". Hoy, bajo el disfraz de la compasión y la afirmación identitaria, se repite el patrón: adultos con ideologías firmes decidiendo sobre cuerpos infantiles, experimentando con bloqueadores de crecimiento, hormonas cruzadas y cirugías irreversibles, muchas veces pasando por encima de los padres que osan oponerse.

La pregunta ética fundamental es: ¿desde cuándo un niño tiene la madurez neurológica para decidir sobre su esterilidad futura? La corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones complejas y la evaluación de riesgos a largo plazo, no termina de desarrollarse hasta los 25 años. Sin embargo, se pretende que un niño de 12 decida si quiere conservar sus órganos reproductivos.

El negocio detrás de la ideología: La industria farmacéutica como beneficiaria

Cuando se sigue el rastro del dinero, el panorama se aclara.

Una persona en proceso de transición hormonal requiere tratamiento de por vida. Los bloqueadores de pubertad, las hormonas cruzadas y los medicamentos asociados tienen un costo que ronda los $50.000 dólares anuales por paciente. Si se logra que este proceso comience en la infancia, el negocio está asegurado por décadas.

Hagamos un ejercicio simple: un niño que inicia su transición a los 10 años y vive hasta los 70, habrá generado a la industria farmacéutica tres millones de dólares a lo largo de su vida. Multiplíquese por los miles de niños que, inducidos a creer que nacieron en el cuerpo equivocado, son empujados a este camino.

No es conspiración, es economía. Detrás del activismo más radical hay lobbies farmacéuticos invirtiendo millones para que estas prácticas se transformen en ley en los distintos países. La medicalización de la infancia es un mercado en expansión, y como todo mercado, necesita crear demanda. ¿Cómo se crea demanda? Convenciendo a los niños de que están equivocados, de que su cuerpo es un error, de que la solución está en una inyección mensual que deberán pagar de por vida.

La lógica del absurdo: Si mi hijo se cree pirata

Para entender la insensatez de este planteamiento, basta aplicar la misma lógica a otros escenarios.

Si mi hijo de 8 años me dice que se siente pistolero, ¿le compro un arma para que mate gente? Por supuesto que no. Si me dice que es un gángster, ¿le permito asaltar bancos? Absurdo. Si se cree pirata, ¿le amputo una pierna para ponerle un palo, le saco un ojo para ponerle un parche y le corto una mano para ponerle un garfio? Cualquier persona con sentido común diría que no, que lo que corresponde es acompañarlo psicológicamente para entender por qué tiene esas fantasías y ayudarlo a integrar una identidad saludable.

Sin embargo, cuando un niño dice sentirse del sexo opuesto, la respuesta afirmativa se ha vuelto obligatoria. La misma sociedad que no dudaría en buscar ayuda profesional para un niño que quiere mutilarse como un pirata, aplaude cuando ese mismo deseo de mutilación se presenta bajo la etiqueta de "disforia de género".

La coherencia brilla por su ausencia.

Los silenciados: El tabú de quienes se arrepienten

Existe un grupo de personas que la narrativa dominante se esfuerza por invisibilizar: los detransitioners. Son hombres y mujeres que, habiendo iniciado un proceso de transición, descubrieron que cometieron un error. Pero para ellos, el camino de regreso está bloqueado por la irreversibilidad de lo hecho.

Voces como la de Walt Heyer, que vivió ocho años como mujer y hoy denuncia activamente esta industria, son sistemáticamente silenciadas. Sus testimonios no interesan porque muestran la grieta en el relato: no todos los que transicionan están felices, no todos lo confirman, muchos quedan marcados de por vida con cicatrices físicas y emocionales.

En países como Canadá o Reino Unido, aprobar leyes que protegen a estos arrepentidos y limitan las transiciones infantiles se ha vuelto una batalla campal contra activistas que prefieren negar la evidencia antes que admitir que se equivocaron.

La persecución: Cárcel para quienes piensan distinto

El signo más claro de que estamos ante una dictadura ideológica es la persecución legal contra quienes disienten.

En varios países de Europa y América ya existen leyes que tipifican como delito no utilizar el pronombre elegido por una persona. En Reino Unido, mujeres como Maya Forstater perdieron su empleo por afirmar que el sexo biológico es real. En España, la "ley trans" abre la puerta a que cualquier persona pueda cambiar su sexo legal con una simple declaración, y quien se oponga se enfrenta a multas y señalamientos públicos.

La ciencia, que debería ser el faro en esta discusión, es pisoteada. Se ignora que el sexo es binario en el 99,98% de la población (con variaciones del desarrollo sexual, que son condiciones médicas, no identidades). Se oculta que los estudios a largo plazo sobre bloqueadores de pubertad muestran efectos devastadores en la densidad ósea, la fertilidad y la salud cardiovascular. Se silencia a los pediatras y endocrinólogos que alertan sobre los peligros de interferir en el desarrollo natural de un niño.

La ciencia debe volver al centro

La disforia de género es real y quienes la sufren merecen el mejor acompañamiento psicológico y, en casos seleccionados y con estricto criterio médico, tratamientos hormonales en la adultez. Pero lo que estamos viendo hoy no tiene nada que ver con la medicina: es una ideología que se ha disfrazado de ciencia para imponer una agenda.

Cuando las minorías pretenden gobernar a las mayorías, eso no se llama democracia. Se llama dictadura. Y cuando esa dictadura utiliza a los niños como conejillos de indias, impulsada por los intereses económicos de la industria farmacéutica y silenciando a quienes se oponen con amenazas de cárcel, el nombre correcto es totalitarismo.

La historia juzgará con dureza a esta generación de adultos que, en lugar de proteger a los niños, los empujó a mutilarse en nombre de una idea. Mientras tanto, quienes aún creemos en la biología, en la evidencia y en el derecho de los niños a crecer sin ser medicalizados, seguiremos alzando la voz, aunque hacerlo sea cada día más peligroso.

La ciencia no es una opinión. Y la realidad, por más que se intente negar, siempre termina imponiéndose.


Fuentes: Censo Chile 2024, informes de la Society for Evidence-Based Gender Medicine (SEGM), testimonios de detransitioners recopilados por organizations como Gender Critical Green, estudios de endocrinología pediátrica.