La censura no cura la desinformación: la vacuna que nadie quiso poner
Por Héctor Morales S.
Medios que tuvieron que informar con las manos atadas
La pandemia nos dejó muchas lecciones. Algunas duras, otras contradictorias. Pero hay una que parece incomodar a casi todos: la censura aplicada en nombre de la ciencia no solo fracasó en su objetivo, sino que sembró la desconfianza que hoy alimenta las teorías de la conspiración.
Lo digo con conocimiento de causa. Durante la crisis sanitaria, para muchos periodistas y comunicadores —informar de manera veraz y objetiva— chocó contra un muro infranqueable. Las plataformas digitales bloqueaban contenidos. Los gobiernos ocultaban información tras acuerdos de confidencialidad con las farmacéuticas. Los científicos disidentes eran ridiculizados y cancelados antes que escuchados. Y la ciudadanía, hambrienta de respuestas, se quedó con lo único que llegaba: memes, frases simplistas y conspiraciones.
El resultado es el que vemos hoy: una sociedad que cree más la mentira que la verdad. No porque la mentira sea más atractiva, sino porque fue la única que no se censuró. La OMS impuso a los gobiernos un discurso oficial y todo lo contrario fue abiertamente censurado y después de algunos años recién se reconoce. Operó lo que se conoce hoy como cultura de la cancelación, impuesta por ciertos sectores ideológicos.
El error de fondo
La ciencia institucional cometió un error epistemológico grave: confundió "consenso" con "verdad incuestionable". Nos dijeron "esto es así" y cerraron la puerta a cualquier pregunta. Nos vendieron la certidumbre como un dogma, cuando el método científico se construye precisamente sobre la duda metódica.
Un ejemplo entre muchos: los efectos adversos de las vacunas, como los ACV en tronco encefálico, fueron negados durante años. Quienes advertían eran censurados. Recién después, las propias empresas comenzaron a reconocerlos. Pero para entonces, millones ya estaban vacunados sin haber dado un consentimiento verdaderamente informado.
Eso no es ciencia. Esa es otra cosa.
La paradoja trágica
Quienes censuraron "para proteger a la gente de la desinformación" crearon el caldo de cultivo perfecto para que las conspiraciones más extremas prosperaran. Al negar información verificable pero incómoda, empujaron a la gente hacia la información no verificable y cómodamente conspirativa.
La lección debería ser clara: la censura no educa, aísla. El silencio no combate el error, lo fortalece. La verdad no se impone, se demuestra.
Una propuesta concreta para no repetirlo
No se trata de abandonar la ciencia. Se trata de devolverle su esencia: transparencia, falsabilidad, humildad en todas las áreas, y no que las ideologías se impongan sobre la ciencia.
Propongo cinco principios para que esto no vuelva a ocurrir:
Primero: Fin de la censura preventiva o censura previa y cancelación que las redes sociales imponen por logartimos arbitrrarios y contrarios a la leyes de libertad de expresión de muchos paises. Nadie debe ser bloqueado por decir algo que incomoda al poder, salvo peligro inminente y demostrado. El antídoto contra el error es más información, no el silencio.
Segundo: Datos abiertos siempre. Ningún gobierno debe firmar acuerdos de confidencialidad que oculten información relevante para la salud pública. El derecho a saber está por encima de los secretos comerciales.
Tercero: Consentimiento informado real. Sin acceso a la información completa, ningún tratamiento puede ser obligatorio, especialmente en los niños porque no se puede experimentar con ellos. La autonomía del paciente es inviolable.
Cuarto: Educación en pensamiento crítico desde la escuela. No enseñar "qué pensar", sino "cómo evaluar evidencia, detectar falacias y distinguir hechos verificables de opiniones". Porque el pensamiento crítico debe aplicarse en todas las áreas del conocimiento y de la vida.
Quinto: Reconocimiento institucional del error. Quienes censuraron deben admitirlo públicamente. Sin ese paso, cualquier intento de reconstruir la confianza será visto como otra manipulación. Caso contrario, las teorias conspirativas serán la única explicación lógica para la gente.
El lenguaje que construye realidades
Si el lenguaje construye realidades, empecemos a nombrar las cosas con honestidad: no hay verdades absolutas, hay hipótesis más o menos contrastadas. No hay autoridades infalibles, hay expertos que se equivocan y aprenden. No hay enemigos en quien pregunta, hay ciudadanos ejerciendo su derecho a dudar.
La pelea de hoy no es entre ciencia y conspiración. Es entre transparencia y oscuridad, entre diálogo y dogma, entre pensamiento crítico y sumisión acrítica.
Y esa pelea, querido lector, la ganamos con información, no con censura. Con preguntas, no con silencios. Con humildad, no con soberbia.
Porque al final, como enseñó el publicista de Hitler, quien te miente algo repetido, eso queda. Pero quien te dice la verdad aunque incomode, eso también queda y perdura.
No dejemos que el miedo a la desinformación nos convierta en censores, ya que eso es propio de las dictaduras. Seamos, en cambio, educadores de la duda. Porque una sociedad que sabe preguntar jamás será esclava de una sola respuesta.



