La estupidez que nos gobierna: Una lección de Dietrich Bonhoeffer para la política chilena

La estupidez que nos gobierna: Una lección de Dietrich Bonhoeffer para la política chilena

Por Héctor Morales S.

En 1943, mientras esperaba su ejecución en una prisión de Berlín, el teólogo Dietrich Bonhoeffer escribió un texto breve y perturbador titulado Sobre la estupidez. No era un ensayo académico. Era un diagnóstico de urgencia: ¿cómo era posible que Alemania, cuna de filósofos y poetas, hubiera caído en manos del nazismo? Su respuesta fue incómoda entonces y lo sigue siendo ahora.

Bonhoeffer distinguió entre maldad y estupidez. El malvado sabe lo que hace. El estúpido, no. Pero cuidado: la estupidez no es falta de inteligencia. Una persona puede ser brillante y profundamente estúpida. La estupidez, dijo, "no es un defecto intelectual, sino un defecto moral".

¿Qué quiso decir con eso? Que la estupidez consiste en delegar la propia conciencia en un poder externo: un líder, un partido, una ideología, una consigna. El estúpido no piensa porque ya alguien piensa por él. Repite frases hechas, se indigna a la orden, y es incapaz de reconocer un error propio porque eso implicaría cuestionar al poder al que se ha sometido.

Hoy, ochenta años después, ese mecanismo se reproduce en la política chilena con una fidelidad casi escalofriante.

La estupidez de las consignas

Observe cualquier debate político en Chile. De un lado, "Chile despertó". Del otro, "Chile volvió". Ambas son frases vacías, válidas para cualquier pregunta y ninguna respuesta. Funcionan como un comodín emocional: no requieren argumentos, solo pertenencia.

Un militante de izquierda no puede reconocer los errores de la Convención Constitucional sin ser tildado de traidor. Un militante de derecha no puede admitir que el estallido social tenía razones profundas sin ser acusado de blandengue. La lealtad al sector se ha vuelto más importante que la verdad.

Bonhoeffer lo describió perfectamente: "En el ascenso del poder, la estupidez no es una enfermedad congénita, sino que se produce bajo la presión de una situación histórica abrumadora". En Chile, ese "poder ascendente" no es una persona, sino una tribu. Y la tribu exige sumisión.

El Congreso y la incapacidad de aprender

Bonhoeffer también habló de la estupidez institucional: cuando una organización entera pierde la capacidad de aprender de sus errores.

¿No es ese el caso del Congreso chileno? Años discutiendo pensiones, salud, seguridad, mientras la ciudadanía se desespera. No es que los parlamentarios sean malvados. Muchos trabajan con dedicación. Pero el sistema los atrapa en una dinámica donde medir el éxito por lealtad interna es más importante que resolver problemas reales.

Un partido que expulsa al crítico, que premia al que no cuestiona, que confunde disidencia con traición, no es un partido malvado. Es, en el sentido bonhoefferiano, un partido estúpido. Y la estupidez institucional es más peligrosa que la corrupción, porque la corrupción se puede denunciar; la estupidez, en cambio, se disfraza de normalidad.

El peligro de la política binaria

Bonhoeffer detectó en el nazismo una forma de estupidez binaria: o estás con nosotros o estás contra nosotros. Hoy, en Chile, esa misma lógica opera en el debate Apruebo/Rechazo, en la grieta entre "los de siempre" y "los nuevos", en la discusión sobre derechos humanos.

Reducir la realidad a dos opciones emocionales es cómodo. Exime de pensar los matices. Pero también es peligroso, porque cuando solo hay dos bandos, el otro deja de ser un interlocutor y se convierte en un enemigo. Y al enemigo no se le escucha; se le cancela, se le lincha, se le borra.

Bonhoeffer advirtió: la estupidez no es inofensiva. La estupidez hace posible el mal. Porque el mal no necesita que todos sean malvados. Le basta con que suficientes personas dejen de pensar.

La salida no es más información

Aquí viene la parte más incómoda. Bonhoeffer dice que contra la estupidez, la razón es impotente. "Los argumentos no llegan a ella", escribe. No sirve darle más datos al estúpido. No sirve gritarle que está equivocado. Eso solo lo atrinchera más.

La estupidez no se cura con educación. Se cura con liberación interior. Con un encuentro que rompa la sumisión al poder idolatrado. Con una comunidad donde sea seguro dudar, preguntar, equivocarse, sin ser expulsado.

¿Existe hoy en Chile una comunidad política así? ¿Un espacio donde un militante pueda decir "en esto mi partido se equivocó" sin ser linchado por los suyos? ¿Un lugar donde un ciudadano pueda decir "no sé, estoy pensando" sin que lo acusen de tibio?

Si no existe, habría que crearlo. Esa sería la mejor respuesta a la estupidez que nos gobierna.

Una pregunta para cada lector

Bonhoeffer no escribió para que señalemos la estupidez ajena. Escribió para que cada uno se examinara.

Por eso, la pregunta no es "¿qué sector político es más estúpido?". Esa pregunta ya es estúpida, porque asume que el propio está limpio.

La pregunta es: ¿dónde estoy siendo estúpido yo? ¿Qué consigna repito sin haberla examinado? ¿A qué líder, partido o ideología le he delegado mi conciencia? ¿De qué 'sentido común' no me atrevo a dudar?

Responder esas preguntas es incómodo. Pero es el primer paso para recuperar la libertad interior. Y sin libertad interior, no hay democracia posible.