Del Gulag al like: la censura que cambió de rostro y que perdura

Del Gulag al like: la censura que cambió de rostro y que perdura

Por Héctor Morales S.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los estados totalitarios prohibieron los cuentos de los Hermanos Grimm, las fábulas de Esopo y hasta Mujercitas. La razón oficial: "proteger a los niños". Pero el daño que denunciaban no era psicológico, sino político. Según los censores soviéticos y húngaros de los años treinta y cincuenta, soñar con príncipes rescatadores fomentaba la sumisión. Que un lobo se comiera a alguien era "individualismo burgués". Y que Blancanieves esperara un beso para despertar constituía una herejía contra el trabajo colectivo.

Muchos otros fueron silenciados. Sus libros quemados o encerrados en los spetsfondy (fondos especiales), donde solo los altos funcionarios podían consultar "el veneno" que el resto de los mortales tenían prohibido. Magda Szabó, la gran escritora húngara, pasó años sin publicar, escribiendo únicamente para el cajón, esperando que algún día el viento de la historia le devolviera la voz.

Ese día llegó con la Glasnost y la Perestroika a mediados de los ochenta. No porque los gobernantes amaran de repente la literatura, sino porque el modelo soviético se agotó. Al abrir las compuertas, todo ñlo que estuvo prohibido salió a ñla luz. Entre eso, los cuentos que nunca debieron esconderse.

Hoy esas prohibiciones nos parecen ridículas. Nos reímos imaginando a un burócrata con lentes dictaminando que Rapunzel "distrae a la juventud de las metas del plan quinquenal". Y con razón: es absurdo. Pero también es un poco hipócrita reírse, porque resulta que el cuento de la censura ideológica no se acabó. Solo cambió de decorado. Antes el villano usaba corbata roja y hablaba de dialéctica. Ahora puede usar camiseta con causa y hashtag, más al poder de un algoritmo.

Porque, el feminismo contemporáneo —corrientes solamente, no todo el feminismo, que conste— ha señalado que muchos cuentos de hadas tradicionales perpetúan el patriarcado. La princesa que espera pasivamente, la joven cuya virtud es la belleza, el mensaje de que el "final feliz" es casarse. Desde esta mirada, según un grupo extremo de feministas, esos relatos no son inocentes: educan en la sumisión, moldean deseos y normalizan la dependencia afectiva como meta de vida.

En su lógica pueden tener algo de razón. Nadie que analice Blancanieves o La Bella Durmiente con ojos críticos puede negar que conlleva un discurso hoy llamado de genero muy cuestionable para un sector.

Pero aquí viene el sarcasmo: ¿el análisis crítico debe terminar en una lista de "libros no recomendados" con pretensión de norma universal? Porque lo que antes se imponía con policías secretas y campos de trabajo, hoy se insinúa con guías de buenas prácticas, campañas virales y esa miradita de desaprobación que duele más que un decreto. La censura de antes te mandaba al Gulag. La de ahora te deja sin like o te cancela.

Y ojo: no estoy diciendo que sea lo mismo. Por supuesto que no. En la Unión Soviética no había debate. El partido decidía, y punto. No existía la posibilidad de que una madre, un padre o un maestro eligieran libremente si leer o no Caperucita. El libro simplemente desaparecía. Eso es censura estatal con todas sus letras.

Hoy, en cambio, vivimos en democracias donde el acceso a la cultura es, en teoría, libre. Y donde el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos según sus valores está reconocido. Si una familia decide que sus hijas no lean princesas pasivas, es una decisión legítima. Si otra decide leerlas para luego discutirlas críticamente, también. Y si una tercera cree que no pasa nada por soñar con vestidos de gala y zapatos de cristal… también es su derecho, por mucho que a algunos les irrite la situación.

El problema no es analizar, criticar o incluso rechazar un libro. El problema es confundir el análisis con un veto disfrazado de corrección política. O peor: pretender que tu criterio pedagógico se convierta en ley para todos.

Por eso esta columna no termina con una moraleja fácil. Termina con una pregunta incómoda: ¿Estamos reemplazando al burócrata soviético por la influencer de turno que, con la mejor intención y un tonito de superioridad moral, nos dice qué es "sano" y qué es "tóxico" para nuestros hijos?

La respuesta no es blanca ni negra. Pero si algo nos enseñó la historia de los regímenes que prohibieron a Caperucita Roja es que cuando se cierra un libro, siempre se apaga una pequeña luz. Y las luces, incluso las que nos resultan incómodas, son mucho más difíciles de volver a encender que de apagar.

Así que ya sabe: lea el cuento que quiera. Critíquelo si le da la gana. Pero no intente prohibírselo a los demás. Porque la censura, tenga el rostro que tenga —dictador o tuitero—, siempre empobrece.