Populismo: el médico de pacotilla que mata al paciente y cómo salvar la democracia
Por Héctor Morales S.
Cuando la democracia enferma, el populismo aparece como un médico de pacotilla. Promete curas milagrosas, pero lo único que hace es administrar analgésicos que esconden la infección mientras el cuerpo político se pudre por dentro. El caso del Movimiento 5 Estrellas (M5S) en Italia es el ejemplo más claro, y también el más peligroso, de lo que podría llegar a ser la democracia chilena y latinoamericana si no aprendemos la lección a tiempo.
El caldo de cultivo: corrupción y desconexión
El populismo no nace de la nada. Crece en el abono de una clase de política que se ha vuelto una casta: privilegiada, autorreferente y, en demasiados casos, corrupta. Cuando los ciudadanos ven que sus representantes no resuelven la inseguridad, la precariedad laboral o el acceso a la salud, y encima descubren que esos mismos políticos usan sus cargos para enriquecerse, la confianza se quiebra.
Ese es el momento exacto en que el populismo irrumpe. No necesita un programa sólido; necesita un enemigo. Y lo encuentra en "la élite corrupta", "la prensa vendida" y "los partidos tradicionales". El discurso es simple, visceral y adictivo: "Nosotros, el pueblo bueno, contra ellos, los políticos malos". La gente no vota por una propuesta; vota por un grito de rabia.
El peligro real: cuando el remedio es peor que la enfermedad
Lo que el M5S italiano nos enseñó es que el populismo, una vez en el poder, no es democracia participativa, es autoritarismo digital. Bajo el disfraz de la transparencia y el voto por internet, Beppe Grillo y su plataforma controlaban cada decisión, expulsaban disidentes y cobraban multas de 150.000 euros a quienes se atrevían a discrepar. El "pueblo" era solo un actor decorativo; el líder, el verdadero dueño del partido. Y para colmo, ese movimiento que nació contra el sistema terminó alineado con la propaganda del Kremlin y aliado con la extrema derecha euroescéptica.
En Chile, la Lista del Pueblo fue diferente: más horizontal, más asamblearia, sin un líder único. Pero compartía la misma esencia: la promesa de que la gente común, sin experiencia, podía gobernar mejor que los profesionales. El resultado fue el mismo: falta de gobernabilidad, contradicciones internas y, finalmente, la desintegración. El populismo no construye; solo protesta. Y cuando protesta no basta para gobernar, se desmorona o se vuelve tiránico.
La democracia sana no es perfecta; es resistente
Aquí está la gran verdad incómoda: la democracia no puede eliminar el populismo por decreto, porque eso sería autoritarismo. La única forma de defenderla es haciéndola funcionar mejor que la promesa populista.
Para ello, la receta no es nueva, pero sí urgente:
1. Transparencia real y castigos ejemplares. La corrupción no puede ser un costo político; debe ser un riesgo de cárcel. Mientras los corruptos sigan siendo protegidos por sus partidos, el discurso de "todos son iguales" será cierto a medias y el populismo ganará terreno.
2. Partidos abiertos y democráticos. Las cúpulas cerradas que eligen candidatos a dedo son el mejor aliado del populismo. Las primarias abiertas y la participación ciudadana deben ser la regla, no la excepción.
3. Educación cívica como prioridad. Una sociedad que no entiende cómo funcionan los contrapesos, el presupuesto o la fiscalización, es una sociedad que cree en soluciones mágicas. La democracia se defiende formando ciudadanos críticos, no consumidores pasivos de eslóganes.
4. Medios de comunicación responsables. No se trata de censurar, sino de fortalecer el periodismo de investigación y combatir la desinformación. Una ciudadanía bien informada es inmune a los algoritmos que manipulan el voto.
La paradoja final: Italia no es el pasado, es el aviso
El populismo es un espejo deformante que nos muestra lo peor de nosotros mismos. Pero también nos obliga a mirar la realidad de frente. Si la clase política no entiende que la democracia se salva siendo más justa, más eficiente y más transparente que el populismo, entonces el populismo seguirá ganando elecciones.
Italia nos lo advirtió hace una década. El M5S llegó al gobierno, gobernó, y el resultado fue un país más dividido, más inestable y más vulnerable a la desinformación extranjera. Si Chile y Latinoamérica no quieren repetir esa película, el tiempo para actuar es ahora.
No podemos acabar con el populismo ignorándolo o insultándolo. Solo podemos derrotarlo devolviéndole a la ciudadanía la certeza de que el sistema sí funciona, sí los escucha y sí los protege. Mientras eso no ocurra, el próximo médico de pacotilla ya está haciendo fila en la puerta de la urna. Y cuando abra esa puerta, no va a curar al paciente: va a terminar de matarlo.



