La política chilena está en X, pero el voto joven está en TikTok
Por Héctor Morales S.
Hay una imagen que resume mejor que cualquier encuesta el fracaso de la comunicación política en Chile: un candidato dando un discurso de 20 minutos frente a un atril, mientras un joven de 18 años, con su celular en la mano, hace scroll y pasa de largo en menos de tres segundos.
Esa no es una anécdota; es una radiografía perfecta del conflicto generacional que la clase política se niega a ver.
La política chilena sigue operando con una lógica de los años 90. Cree que un titular en la primera plana de un diario o un tuit bien redactado en X (antes Twitter) son suficientes para llegar a los votantes. Pero X ya no es la plaza pública de los jóvenes. X es la sala de prensa de los periodistas, los políticos y los analistas. Es una burbuja donde todos se hablan entre ellos.
Los jóvenes, en cambio, están en TikTok. Y TikTok no es un canal de televisión; es un vertedero de información donde el tiempo de atención se mide en segundos. Si un mensaje no engancha en los primeros tres segundos, desaparece. No hay vuelta atrás. Los políticos creen que hacer un video en TikTok es lo mismo que hacer un discurso en YouTube, y esa confusión les está costando elecciones.
La prueba más clara de esta desconexión es el caso de Javier Milei en Argentina. Milei no ganó porque su discurso económico fuera el más brillante; ganó porque un ejército de jóvenes influencers trabajó su mensaje en TikTok. No usaron la plataforma para hacer campaña tradicional; usaron el formato de "pregunta y respuesta", con frases cortas, precisas y lapidarias. Cada video duraba lo que un adolescente está dispuesto a ver. No vendieron un "proyecto de país"; vendieron una herramienta de supervivencia. Y conectaron con una generación que votaba por primera vez.
En Chile, ese fenómeno aún no ha sido entendido.
Cuando un político chileno habla del "nunca más" o del "golpe de Estado de 1973", el joven de 20 años no está en la sala. No porque sea desmemoriado o irrespetuoso; simplemente porque no es su pasado. Es el pasado de sus abuelos. Ellos no vivieron la dictadura; crecieron con una democracia que, para su sorpresa, terminó siendo un sistema que les entregó deudas, listas de espera y un departamento que no pueden pagar. El pasado no les importa porque no les resolvió el presente. Ellos quieren saber qué va a pasar mañana, no qué pasó hace 50 años.
Y aquí está el gran error de cálculo de los partidos tradicionales: ellos siguen hablando desde su burbuja informativa.
Los políticos mayores (40+) usan Facebook para compartir noticias y X para generar titulares. Los millennials (30-40) usan Instagram para mostrar su estilo de vida. Pero la generación Z (18-25) usa TikTok para buscar respuestas prácticas: "¿cómo pagar menos impuestos?", "¿cómo evitar un embargo del CAE?", "¿cómo conseguir un arriendo barato?".
Los políticos creen que estar en todas las plataformas es lo mismo, pero no entienden que cada red tiene un código distinto. Un video de un minuto en TikTok es eterno; una frase larga en X es inútil; una foto en Instagram es solo una pose.
Cuando un político se para frente a una cámara y habla de "cambio sistémico" durante 10 minutos, el joven ya se fue. No le interesa el discurso; le interesa el dato corto. No quiere escuchar una teoría; quiere escuchar una solución.
Pero el problema de fondo es aún más grave: los políticos no están escuchando.
La clase política chilena sigue empeñada en imponer su ideología a las nuevas generaciones, como si estas fueran un molde vacío que debe ser llenado con doctrina. No leen los comentarios reales de los jóvenes; solo leen los de los haters, que muchas veces son bots o cuentas automatizadas. Confunden ruido con opinión, y creen que porque un troll les grita en X, ya saben lo que piensa la generación Z.
Se olvidan de una regla básica de la naturaleza humana: cuando intentas imponer una idea, generas rebelión. Los jóvenes no quieren que les digan qué pensar; quieren que les resuelvan los problemas cotidianos. Y el problema a solucionar no es el futuro de los políticos ni de sus partidos; es el futuro de Chile de los próximos 30 años.
Hoy, la gente ya no lee informes extensos, no se informa en los diarios como antes, pero opina. Los medios de comunicación tradicionales ya no pesan; hoy manda el mundo de las redes sociales, donde el mensaje es más personal, más directo y sin tanta retórica. Los políticos siguen apostando al "mass media" del siglo pasado, mientras su público objetivo ya se fue a otra parte.
Si realmente quieren un cambio, los políticos deben aplicar una regla que la naturaleza les enseñó: tenemos dos orejas y una sola boca. Eso significa que debemos escuchar el doble de lo que hablamos.
Mientras los políticos no entiendan que el eje debe ser el Chile de los próximos 30 años y no sus propias carreras; mientras sigan usando discursos trasnochados para hablarle a una generación que ya no los escucha; mientras sigan creyendo que la ideología es más importante que la solución práctica... el abismo entre la política y la ciudadanía seguirá creciendo.
El día que un político entienda que su mensaje debe caber en un tiktok de tres segundos, que debe ser útil y no épico, y que debe mirar al futuro y no al pasado, ese día dejará de ser un político tradicional para convertirse en un verdadero líder de su tiempo.
Y ese día, quizás, los jóvenes dejen de hacer scroll y empiecen a mirar.



