Cristianos bajo asedio: la persecución silenciosa de la fe mayoritaria en el mundo
Cuando todos conmemoran Semana Santa y se debaten si comen pescado o mariscos, millones de cristianos son perseguidos en mundo.
Por Héctor Morales S.
En un mundo que celebra la diversidad y clama por el respeto a las minorías, una paradoja emerge con cifras escalofriantes: el cristianismo, la religión con más fieles del planeta —cerca de 2.400 millones de personas—, es también la más perseguida. Así lo documentan organismos como Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) o Puertas Abiertas, cuyo Índice Global de Persecución 2025 sitúa a más de 380 millones de cristianos en situación de “alto extremo” de hostilidad.
Un libro prohibido en uno de cada cuatro países
El dato es contundente: la Biblia está prohibida o su distribución es gravemente restringida en más de 50 países —uno de cada cuatro Estados del mundo—. Desde Corea del Norte hasta algunos estados de mayoria musulmana en Oriente Medio y el norte de África, poseer un ejemplar de las Escrituras puede significar prisión, tortura o muerte. Mientras tanto, el Corán o los textos budistas viajan sin censura en aeropuertos y aduanas de esas mismas naciones.
Burlas sin sanción, silencios cómplices
En Occidente, la situación adquiere otro rostro: el del menosprecio cultural. Programas de humor, series de éxito, exposiciones artísticas subvencionadas y hasta actos oficiales ridiculizan sistemáticamente los símbolos cristianos de distintas confesiones, católica y protestantes, incluida la cruz. Nadie se atrevería a parodiar al profeta Mahoma o a ridiculizar la figura de Buda en una gala institucional sin desatar una crisis diplomática. Sin embargo, burlarse de Cristo sigue siendo no solo aceptado, sino premiado en festivales y cadenas globales. La doble vara mediática no es percepción: es un hecho verificable.
Muerte por ser cristiano en 50 países
Pero el problema no se reduce a la ofensa cultural. En decenas de naciones —India, Pakistán, Nigeria, Arabia Saudí, Somalia, entre otras— confesar a Cristo es una sentencia de muerte. Niños y adultos son asesinados por asistir a cultos, por negarse a renegar de su fe o simplemente por llevar un colgante con una cruz. Las leyes de blasfemia, a menudo vagas y manipulables, condenan a familias enteras. Las iglesias son incendiadas, los pastores encarcelados, y las comunidades cristianas desplazadas o esclavizadas.
La persecución no es solo física: es también económica y social. Perder el trabajo, ser expulsado del sistema educativo o negar atención sanitaria a un cristiano son prácticas cotidianas en estados donde la apostasía del islam se castiga con la muerte o donde el nacionalismo hindú radical margina a las minorías cristianas.
Un clamor que no llega a los titulares
Curiosamente, esta realidad apenas ocupa espacio en las grandes portadas. Cuando un templo cristiano es atacado en Laos o una familia es lapidada en Lahore, el silencio mediático contrasta con la cobertura inmediata que reciben otros conflictos religiosos. El prejuicio ideológico en redacciones y universidades ha normalizado la hostilidad contra el cristianismo como si fuera un gesto “progresista” o una crítica válida al poder histórico de la Iglesia, cuando en realidad se está justificando el sufrimiento de los más vulnerables.
Conclusión incómoda
Reconocer que el cristianismo es la fe más perseguida del mundo no implica restar importancia a otras víctimas. Es, simplemente, asumir la verdad de los hechos. Mientras existan países donde poseer una Biblia sea delito, mientras la burla sistemática a lo sagrado se premie en nombre de la libertad de expresión, y mientras decenas de gobiernos asesinen en nombre de la ley a quienes adoran a Jesucristo, la comunidad internacional seguirá mirando hacia otro lado.
La pregunta no es por qué los cristianos son perseguidos, es parte de lo que debe ocurrir, sino por qué el mundo ha decidido no verlo, callarlo y hacerse complice.





